¿Estamos perdiendo vocabulario? Datos, PISA y soluciones

13.10.2026

Marta lee mucho. Novela, ensayo, artículos de prensa. Cuando encuentra una palabra que no conoce, casi siempre es capaz de deducirla por el contexto. Si alguien utiliza términos como ambivalencia, soslayar, inherente o vehemente, sabe perfectamente qué quieren decir.

Pero un día tiene que hacer una presentación ante veinte personas. Conoce el tema. Lo ha preparado. Empieza a hablar y, de pronto, las palabras no aparecen.

—Es una cosa que… bueno, que tiene mucho que ver con otra cosa…

Sabe que existe una palabra más precisa. Está en algún lugar de su cabeza. La reconocería inmediatamente si alguien la pronunciara. Sin embargo, en ese momento no consigue recuperarla.

Lo que le ocurre a Marta permite entender una distinción fundamental cuando hablamos de riqueza léxica: no es lo mismo comprender una palabra que ser capaz de utilizarla espontáneamente.

Y quizá ahí se encuentre una parte del problema cuando nos preguntamos si estamos perdiendo vocabulario.

Tenemos a nuestra disposición decenas de miles de palabras

El español no parece precisamente un idioma escaso de recursos. La 23.ª edición del Diccionario de la lengua española registra 93.111 entradas y 195.439 acepciones.

Y esa cifra tampoco representa todas las palabras que han existido en español.

El Diccionario histórico de la lengua española pretende reconstruir la historia completa de nuestro léxico: cuándo aparecen las palabras, cómo evolucionan sus significados, qué relaciones mantienen entre ellas y cuándo algunas dejan de utilizarse. La propia RAE lo concibe como una base de datos léxica integral del idioma y trabaja con un corpus histórico de más de 350 millones de registros. En 2025 se publicó además un avance impreso de diez volúmenes y más de 20.000 páginas.

Conviene hacer aquí una precisión. A veces circula el dato de que el Diccionario histórico contiene «más de 150.000 términos». La RAE no presenta actualmente esa cifra como el número cerrado de palabras del DHLE, entre otras cosas porque se trata de una obra todavía en elaboración. Es más riguroso hablar de la enorme amplitud del patrimonio léxico español que atribuirle un número definitivo.

La cuestión, por tanto, no es cuántas palabras tiene el español.

La pregunta interesante es otra:

¿cuántas de todas esas palabras están realmente disponibles cuando necesitamos hablar o escribir?

Vocabulario activo y vocabulario pasivo

Nuestro vocabulario puede dividirse, de manera simplificada, en dos grandes grupos.

El vocabulario receptivo o pasivo está formado por palabras que reconocemos y comprendemos cuando las escuchamos o las leemos.

El vocabulario productivo o activo incluye aquellas que somos capaces de recuperar y utilizar espontáneamente al hablar o escribir.

La diferencia puede ser enorme.

Podemos leer «la decisión fue controvertida» y comprender perfectamente controvertida. Sin embargo, cuando nos toca explicarlo quizá terminemos diciendo:

—Fue una decisión… complicada.

Sabemos más palabras de las que utilizamos.

Además, poner una cifra exacta al vocabulario de «una persona media» o «una persona culta» resulta mucho más complicado de lo que sugieren algunas infografías de internet. Depende de qué consideremos una palabra, de si contamos familias léxicas, de la edad, de los estudios, de la profesión y, sobre todo, de si medimos reconocimiento o producción.

Un gigantesco estudio sobre vocabulario español realizado con más de 150.000 hablantes nativos de unos veinte países comprobó precisamente que el conocimiento léxico cambia con factores como la edad y el nivel educativo. El experimento trabajó sobre una base cercana a las 45.000 palabras y encontró que el vocabulario reconocido seguía aumentando con la edad.

Por eso debemos tomar con prudencia afirmaciones como «una persona usa 2.000 palabras» o «una persona culta utiliza 8.000». Pueden servir como aproximaciones divulgativas, pero no existe una frontera científica que convierta esas cifras en categorías universales.

Lo importante es la diferencia entre las palabras que conocemos y aquellas que somos capaces de movilizar.

Basta un vocabulario relativamente reducido para desenvolvernos cada día

Hay otra circunstancia que juega en nuestra contra: podemos comunicarnos utilizando muy pocas palabras diferentes.

Las conversaciones cotidianas son extraordinariamente repetitivas. Utilizamos constantemente verbos como hacer, poner, tener, dar o decir y sustantivos como cosa, tema, problema o gente.

Son tremendamente útiles.

Precisamente por eso pueden convertirse en lo que solemos llamar palabras baúl o palabras comodín.

Podemos «hacer» una fotografía, «hacer» una pregunta, «hacer» una casa, «hacer» una investigación y «hacer» una tortilla.

Pero también podemos:

tomar una fotografía, formular una pregunta, construir una casa, realizar una investigación y preparar una tortilla.

La primera opción nos permite comunicarnos.

La segunda nos permite hacerlo con precisión.

No parece razonable afirmar que una persona que utiliza palabras comodín «no conoce» otras palabras. Es posible que muchas formen parte de su vocabulario receptivo, pero que no consiga recuperarlas con suficiente rapidez como para incorporarlas a su habla habitual.

Ese es precisamente el riesgo: que una palabra que dejamos de utilizar siga siendo comprensible durante años, pero cada vez resulte más difícil de recuperar.

Cervantes necesitó muchas más

La literatura muestra hasta dónde puede llegar la variedad léxica.

Uno de los cálculos más repetidos sobre Don Quijote de la Mancha sitúa su extensión alrededor de las 381.000 palabras y atribuye a la obra 22.939 formas diferentes. La cifra aparece incluso recogida en debates del Centro Virtual Cervantes, aunque debe tomarse como un cálculo dependiente de la edición utilizada y, sobre todo, del criterio empleado para decidir qué cuenta como una palabra diferente.

Esto último es importante.

No significa que Cervantes caminara por Alcalá de Henares con exactamente 22.939 palabras almacenadas en su vocabulario activo. Una obra literaria extensa acumula personajes, lugares, arcaísmos, nombres propios y formas flexionadas, y los resultados cambian según cómo se procese el texto.

Pero la comparación resulta útil.

Una novela obliga al lector a enfrentarse durante horas a palabras, construcciones sintácticas y significados que difícilmente aparecen en una conversación rutinaria.

Y eso importa.

¿Leemos menos? Los datos españoles dicen que no exactamente

Aquí aparece una paradoja interesante.

Si escuchamos determinados discursos sobre adolescentes, teléfonos móviles y redes sociales, podríamos pensar que los jóvenes han dejado de leer.

Los datos actuales no permiten afirmarlo.

El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025 señala que el 66,2 % de la población española lee libros por ocio y que el porcentaje ha aumentado 6,5 puntos desde 2017. Más sorprendente todavía: el grupo de 14 a 24 años es el más lector, con un 76,9 %.

También está aumentando la lectura digital: alcanza ya al 33,2 % de la población.

Por tanto, formular el problema como «los jóvenes ya no leen» resulta demasiado sencillo.

Quizá debamos preguntarnos qué leen, durante cuánto tiempo, con qué nivel de concentración y qué hacen después con las palabras que encuentran.

El lenguaje de las redes sociales

Las redes han creado un entorno lingüístico particular.

Rapidez, conversación inmediata, combinación de texto e imagen, vídeos, memes, abreviaturas, emojis y referencias compartidas permiten transmitir una enorme cantidad de información utilizando muy pocas palabras.

X, por ejemplo, mantiene para las publicaciones estándar un límite de 280 caracteres.

Eso no significa que escribir breve sea escribir mal.

Un buen aforismo también es breve. Un poema puede contener diez versos. Un titular periodístico necesita condensar información. Y escribir bien en redes exige, muchas veces, una extraordinaria capacidad de síntesis.

El problema aparece cuando ese tipo de comunicación se convierte en nuestra exposición dominante al lenguaje escrito.

En una conversación digital no necesitamos describir que alguien está sorprendido: 😲 puede hacerlo.

No necesitamos explicar nuestra aprobación: 👍.

Ni siquiera necesitamos escribir que algo nos ha hecho mucha gracia: 😂.

La comunicación no necesariamente empeora; simplemente una parte del significado ha dejado de transmitirse mediante palabras.

Además, el contexto compartido permite expresiones cada vez más económicas. Sabemos de qué hablamos, vemos la fotografía, hemos visto el vídeo anterior y conocemos el meme.

Necesitamos menos léxico explícito.

Pero cuidado: no podemos culpar simplemente a las redes sociales

Aquí conviene evitar una conclusión demasiado fácil.

No disponemos de evidencias suficientes para afirmar:

«TikTok, Instagram o WhatsApp están reduciendo el vocabulario de los adolescentes».

La investigación ofrece un panorama mucho más matizado. Los entornos digitales también exponen a los jóvenes a textos, noticias, debates, subtítulos, recomendaciones de libros y comunidades lectoras que antes eran mucho menos accesibles.

Una revisión sistemática publicada en 2025 sobre hábitos lectores de adolescentes encontró precisamente resultados complejos: la lectura digital no ha sustituido completamente a la tradicional y puede funcionar como una vía complementaria de acceso a los textos. Al mismo tiempo, muchos jóvenes presentan una lectura por placer irregular o vinculada principalmente a necesidades escolares y utilitarias.

La cuestión parece estar menos en pantalla contra papel que en otra oposición:

lectura rápida contra lectura profunda; reconocimiento contra utilización; exposición contra aprendizaje.

Y entonces llegó PISA 2025

Los últimos resultados obligan a mirar el asunto con atención.

PISA no mide cuántas palabras conoce un alumno. Tampoco permite concluir que una caída en comprensión lectora haya sido causada por las redes sociales.

Pero sí mide la capacidad de los estudiantes de 15 años para utilizar lo que leen ante situaciones y problemas reales.

Y los resultados publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026 son preocupantes.

España obtuvo en lectura 451 puntos, frente a los 461 de media de la OCDE. Son 23 puntos menos que en 2022, una de las caídas más pronunciadas registradas entre los países participantes.

Solo el 68 % de los estudiantes españoles alcanzó al menos el nivel 2 de competencia lectora. Eso significa que aproximadamente uno de cada tres no alcanzó ese nivel mínimo. Y únicamente un 2 % llegó a los niveles 5 o superiores, frente al 6 % de media de la OCDE.

La propia OCDE señala además que los resultados españoles de 2025 están entre los más bajos observados en el país desde que participa en PISA. Respecto a 2015, la proporción de estudiantes con bajo rendimiento lector ha aumentado 15 puntos porcentuales.

No podemos afirmar que esto sea consecuencia de tener menos vocabulario.

Pero tampoco podemos ignorar el vocabulario cuando hablamos de comprensión lectora.

Cuantas más palabras conocemos, menos obstáculos tiene el texto

Imagine que intenta comprender este párrafo:

La medida, aunque inicialmente provisional, adquirió un carácter preceptivo ante la reticencia de los afectados y terminó provocando consecuencias imprevistas.

Si desconoce preceptivo y reticencia y duda con provisional, buena parte de su capacidad mental tendrá que dedicarse a resolver palabras individuales.

Eso deja menos recursos disponibles para interpretar relaciones, inferir intenciones, detectar contradicciones o comprender la idea global.

La relación entre conocimiento léxico y comprensión lectora está ampliamente documentada. Un metaanálisis con 89 muestras encontró una relación importante entre conocimiento de vocabulario y comprensión, especialmente elevada durante la educación secundaria.

El conocimiento profundo de las palabras —no solamente reconocerlas, sino conocer sus significados, relaciones y usos— facilita además que el lector pueda dedicar más recursos cognitivos a procesos superiores de comprensión.

Por eso el vocabulario puede influir indirectamente en resultados como los de PISA.

No porque PISA pregunte «define reticencia».

Sino porque para comprender un texto complejo necesitamos dejar de pelear con cada palabra por separado.

El auténtico problema puede estar entre comprender una palabra y utilizarla

Volvamos a Marta.

Su dificultad durante aquella presentación no era falta de cultura.

Las palabras estaban ahí.

Simplemente no estaban suficientemente accesibles.

Y eso ofrece una pista importante para la educación.

Leer amplía extraordinariamente el vocabulario receptivo. Pero no basta con encontrarse una palabra una vez para incorporarla al vocabulario activo.

La investigación sobre enseñanza léxica lleva décadas señalando la importancia de la exposición repetida, los contextos variados y el uso activo de las palabras. El National Reading Panel concluyó que el aprendizaje mejora cuando una palabra reaparece varias veces y en contextos diferentes y cuando se combina la enseñanza directa con la adquisición contextual.

Por tanto, para transformar vocabulario pasivo en activo necesitamos recuperarlo.

¿Cómo podemos recuperar palabras?

No necesitamos memorizar el diccionario.

Necesitamos crear ocasiones para que las palabras que conocemos tengan que salir.

1. Leer textos que nos exijan un poco

Si siempre comprendemos absolutamente todas las palabras de lo que leemos, nuestra exposición léxica será limitada.

Novela, ensayo, divulgación, prensa de calidad, biografías o textos académicos nos enfrentan a registros diferentes y amplían nuestro repertorio.

Pero no hace falta detenerse ante cada término desconocido.

Conviene seleccionar.

2. Crear un pequeño banco de palabras

No veinte palabras diarias.

Dos o tres.

Reticencia. Soslayar. Ambivalente.

Anotar el significado es útil, pero insuficiente.

Hay que escribir también una frase propia.

«Mostró cierta reticencia a participar en el proyecto».

En ese momento hemos dado el primer paso desde el reconocimiento hacia la producción.

3. Sustituir palabras baúl

Podemos convertirlo casi en un juego.

En lugar de:

«El profesor hizo una pregunta».

Podemos decir:

«El profesor formuló una pregunta».

En lugar de:

«Han hecho una carretera».
«Han construido una carretera».

En lugar de:

«Le dio miedo».
«Le provocó miedo».

La finalidad no es hablar de manera artificial ni utilizar palabras difíciles para parecer más culto.

Es disponer de más posibilidades para elegir la palabra exacta.

4. Escribir

Probablemente sea uno de los mejores gimnasios para el vocabulario.

Al hablar improvisamos. Si una palabra no aparece en dos segundos, buscamos otra.

La escritura permite detenerse.

«No quiero decir bonito. ¿Qué quiero decir exactamente? ¿Armonioso? ¿Elegante? ¿Evocador? ¿Sobrio? ¿Luminoso?»

Cada elección fortalece una conexión.

5. Hablar en situaciones exigentes

Exposiciones, debates, conversaciones argumentadas y narraciones orales obligan a recuperar palabras sin disponer del tiempo que proporciona la escritura.

Ahí convertimos conocimiento en disponibilidad.

No es casual que actividades como el debate, la explicación oral o la defensa de una idea tengan un valor lingüístico que va mucho más allá de perder el miedo a hablar en público.

6. Volver a encontrarnos con las palabras

Una palabra aprendida hoy y abandonada durante seis meses probablemente volverá a esconderse.

Una palabra leída, escrita, escuchada y utilizada varias veces comienza a resultar familiar.

La evidencia educativa insiste precisamente en la importancia de las exposiciones repetidas y el uso de las palabras en discusión y escritura.

¿Estamos perdiendo vocabulario?

Probablemente esa no sea exactamente la pregunta. El español no está perdiendo palabras. Nuestro diccionario sigue creciendo y las comunidades digitales crean palabras nuevas continuamente.

Los jóvenes españoles tampoco han dejado de leer: los datos dicen exactamente lo contrario. Y no tenemos pruebas suficientes para responsabilizar a las redes sociales de una supuesta reducción general del vocabulario.

Pero sí existen razones para prestar atención a cómo utilizamos nuestras palabras. 

  • Podemos entender muchas y utilizar pocas. 

  • Podemos pasar horas consumiendo información y producir apenas unas líneas.
  • Podemos reconocer una palabra inmediatamente y ser incapaces de recuperarla cuando hablamos.
  • Y podemos acostumbrarnos poco a poco a resolver casi cualquier situación comunicativa con hacer, poner, cosa, tema, bueno o guay.

Quizá ahí esté el verdadero riesgo. No en quedarnos sin palabras, sino en tenerlas y dejar de utilizarlas.

Porque ampliar el vocabulario no consiste en coleccionar términos extraños para exhibirlos después. Cada palabra nueva introduce un matiz. Permite distinguir, precisar, comparar, ordenar lo que pensamos.

Y cuanto mayor es nuestro vocabulario, mayor es también nuestra capacidad de escoger.

Pensar mejor no depende únicamente de conocer más palabras. Pero disponer de más palabras nos permite pensar y expresar con mayor precisión aquello que ya estaba intentando decir nuestra cabeza.

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