El ataque de la niebla

La niebla había cubierto aquella mañana la ciudad de Oaxaca de Juárez, en el centro de México. La espesa bruma envolvió los edificios coloniales y las torres de las iglesias evitando el toque de campanas. Detuvo los semáforos, las puertas automáticas de los garajes, las ondas de radio, las máquinas de café y los despertadores. La mayor parte de la ciudad siguió durmiendo aquel día.

Junto cuando se estaba produciendo el ataque de la niebla, Luis, el cartero, clasificaba la correspondencia de aquel día en la oficina de Correos. Como cada madrugada, ordenó los sobres en fajos alineados por calles y con cuidado los introdujo en el maletero trasero del ciclomotor que estaba aparcado en la calle. 

Subió en el vehículo y comenzó la ruta sin apenas visibilidad. No había luces encendidas, los primeros rayos de sol no conseguían traspasar el denso espesor del cielo y el faro del ciclomotor solo dejaba adivinar un mínúsculo fragmento del camino.

Al llegar al primer cruce advirtió que el semáforo estaba apagado. Avanzó hasta la esquina y justo cuando atravesaba la intersección, vio aparecer veloz el morro de un coche que, sin darle posibilidad de reacción, le impactó en el costado derecho.

Sintió que todo tembló y, de repente, se vio completamente solo, tirado en el cruce. Al levantar la cabeza aprecio que la niebla se había levantado. Miró a su alrededor y vio que toda la correspondencia yacía esparcida sobre el asfalto. Cuando empezó a recogerla y al tratar de ordenarla descubrió que todas las cartas iban dirigidas a la misma persona, a él. Su nombre aparecía en todos los sobres y llevaban una única dirección: Calle del Refugio s/n. Eran las señas de uno de los cementerios de Oaxaca.