Marta Sanz y su ejercicio de purga en Clavícula

Surge un dolor, un pinchazo como ocasionado por un alfiler en un lugar que se cree inexistente entre el pecho y la garganta. Lo hace en una mujer que ha superado la cuarentena, que curiosamente, es la autora en un libro que trasciende la autoficción para quedarse en un adentramiento personal, en fragmentos de diario llenos de ironía, en una experimentación y un sufrir sobre la marcha. Tras más de una docena de novelas publicadas, Marta Sanz con Clavícula, hizo en 2017 un ejercicio de confesión en torno a la enfermedad. Pozuelo Yvancos decía aquel año en ABC que Clavícula es la antípoda de Lección de anatomía, uno de los primeros libros de la autora madrileña: "El primero tenía a la mujer enamorada en crisis de desamor, el segundo a la mujer madura en la indagación del dolor corporal". Quien esto escribe no ha leído Lección de anatomía, aunque lo hará, pero ahora comprende que la propia autora reconoce que por segunda vez en su nueva vida escribe para purgarse.

La mujer comparte protagonismo con la enfermedad, una enfermedad que se hace el centro de todo incluso antes de tenerla. La narración en primera persona llena de subjetividad se inunda de excusas para replantearse el mundo. La menopausia, como fenómeno que vuelve la vida de la mujer del revés irrumpe como amenaza y todo ello se deja sentir en la escritora de Sanz, rotunda e incluso a veces escatológica.

Desde un primer momento, la autora se muestra tal y como lo que es, una jornalera del oficio literario, una escritora con vida de escritora, con clases, viajes, charlas, puzles económicos y miedos. El lector y la propia autora se preguntan si el dolor llega a consecuencia de estar subida en ese expreso de vida de trabajo, trabajo y más trabajo con el temor de que decir que no suponga que todo termine y no se puedan sufragar los gastos. Sanz repasa la vidilla de los autónomos entre facturas e impuestos, para lo que esta mujer encontrará el apoyo unánime de su marido, como recíproco ejercicio de generosidad.

La narración tiene varios oasis que hacen el libro mucho más llevadero y por momentos, hilarante. Llega a partir de un cuento corto sobre un viaje en autobús entre Águilas y San Roque para dar un curso donde desvela su adicción al lorazepam. Los viajes, cuando son al extranjero, liberan en gran medida a Sanz, como el que hace a Cartagena de Indias, mostrando abiertamente el intercambio de e-mails por su marido a quien le reconoce que la cuenta en el hotel se está elevando en exceso. En un poema narrativo de todo más crudo, Sanz también expondrá sus impresiones de un viaje a Manila.

Entre viajes y muchas visitas a médicos de cabecera y diversos especialista, la escritora no está exenta de días en los que todo parece venirse abajo en medio de una sociedad marcada por las apariencias. Todo se cuenta en una novela corta, de capítulos breves e hiperbreves que hacen que el libro aumente su ritmo y pase veloz.

En su recorrido por manías, obsesiones, sombras de enfermedades no confirmadas y miles de preguntas, Sanz expone su buena escritura, su facilidad de redacción y su ironía fina, nada nuevo, que hace que esta autora siga siendo una de las plumas más en forma de nuestra literatura.