Frente al mar

-Abuela, ¿de verdad que nunca has viajado? Yo no podría vivir sin viajar.

-¿Viajar? Si es que a tu abuelo nunca le gustó. Antes tampoco era fácil. Ahora podemos ir en este coche tan fresquito por esta carretera tan ancha. Yo en mi juventud cogí alguna vez el autocar para ir al pueblo de al lado. Era muy caluroso. Mi madre me mandaba allí cuando su hermana enfermaba para cuidarla y faenar en su casa.

Avanzaba una soleada mañana de finales de primavera cuando llegaron a Málaga. Aparcaron en una explanada entre edificios, la nieta cogió una bolsa de playa del maletero y, a continuación, ayudó a la abuela a salir del automóvil. Comenzaron a caminar en dirección a la playa.

-Ten cuidado, por aquí no has caminado nunca y hay algún escalón.

-Hija, todo esto es muy diferente a caminar por el pueblo. Estas calles están llenas de coches y de gente corriendo. Allí, en el pueblo, puedes andar y andar sin cruzarte con nadie. Ahora es que estoy torpe porque con lo que he caminado yo... Iba todos los días varias veces hasta la era a llevar la comida y el tabaco a mi padre.

Desembocaron en el paseo marítimo. Estaba lleno de paseantes, parejas tomando el sol en la playa y gaviotas surcando el cielo. Sin dudar, la nieta tiró con suavidad del brazo de su abuela para adentrarla en la zona de playa. Se agachó para desabrocharle los zapatos dejando al descubierto unos pies con los tobillos algo hinchados. La mujer, tras dudar unos segundos, pisó por primera vez en su vida la arena de la playa.

-Uy, hija, es blandita y cálida. Me recuerda a cuando pisábamos los restos de la trilla, a cuando teníamos que trabajar con todos los calores del verano. La paja te acariciaba la planta de los pies, pero a veces te pinchaba. Cuando era una niña también jugaba allí con mis hermanas, pero sobre todo trabajábamos -dijo la abuela mientras dos niños cruzaban frente a ellas correteando con un balón.

Caminaron lentamente en dirección a la orilla. Durante una parada, sus cabellos comenzaron a ondear por la acción de la brisa.

-Detente un momento, abuela. Levanta la cabeza. ¿La notas? ¡La brisa del mar!

-Es muy agradable. Fresquita, pero más húmeda que el vientecillo que bajaba de la sierra en las mañanas de verano. Entraba por la ventana de la cocina al amanecer cuando preparaba el desayuno para toda la familia.

Hija y nieta se detuvieron en la orilla, frente al Mediterráneo, tranquilo y sin nubes en el horizonte. Dos tonos próximos de azul separados por una finísima línea ocupaban todo el espacio que sus miradas alcanzaban. Mientras, una suave ola les mojaba los pies.

-¡Qué fresca! Aunque creo que no tanto como la del río que pasa por el pueblo. La de mañanas que he pasado allí lavando ropa, frotando sobre la piedra una y otra vez con solo una pastilla de jabón...

-Pero olvídate del pueblo, abuela. ¡Mira al frente! Es el mar, ¿lo imaginabas tan grande? ¿De verdad que nunca lo habías visto? Disfrútalo.

-El mar, el mar... un muchacho al que conocí siendo joven me lo enseñó en una postal. Él quería ser marinero, me dijo que me llevaría con él y me engatusó. Yo fui solo una tonta que le creyó. Al final se terminó marchando. Me dijeron que se fue a navegar por el mar, pero a mí no me llevó con él. Me casé con alguien de tierra adentro y ya no quise más mar hasta que hoy me has traído tú.

Algo más tarde, sentadas en una mesa de la terraza del chiringuito, hablaron de nuevas y viejas costumbres. A la abuela, cada plato que servían le recordaba a alguna de las recetas que ella preparaba, rememoró incluso las comuniones de sus hijos donde ella sola se encargó de cocinar para todos los invitados. La nieta la escuchaba con atención, intentando empaparse de cada recuerdo de aquella mujer octogenaria, que con cada palabra incrementaba la devoción que sentía su nieta por ella. Estaban comiendo tranquilamente hasta que un hombre joven se acercó hasta la mesa que ocupaba.

-Clara, ¡no me dijiste que hoy venías a la playa! -dijo con tono serio.

-Te dije que iba a pasar el día con mi abuela y con ella estoy -contestó la nieta.

-Sí, pero aquí. Me podías haber avisado.

-Pero si cuando te mencioné a la abuela te desentendiste de mí. Pero, ¿cómo me has encontrado?

-Ese es mi problema. No te intentes llevar la conversación a tu terreno que no tienes razón. Deberías haberme dicho que vendrías a la playa, que tienes novio y un domingo de descanso deberías estar con él.

-Mira, tú a mí no me des lecciones de lo que debo o no debo hacer.

-¡A mí no me hables así! -gritó-. Me voy por no montar una escena, estaré por ahí. ¡Disfruta del chiringuito!

La abuela miró con rostro serio a su nieta observando cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla.

-Estos hombres siguen sin cambiar. ¡Cuántas veces las he tenido yo así con tu abuelo!

La nieta, sin pronunciar palabra, acogió con rostro triste la arrugada mano de su abuela en su pelo.

-Si te gusta el mar y siendo tan grande como es, agarra fuerte tus ganas de viajar y no te ates a este hombre. Hazte marinera tú antes de que lo haga él.

Y nieta y abuela sonrieron. Frente al mar.


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