Los ideales de la familia Aguilar



Las nubes descargan ilusión
cada domingo en Barcelona.
Muchos marcaron esta fecha en rojo
en los calendarios de la historia.
La familia Aguilar despierta a su hora,
sale pronto de casa buscando
un paseo relajado, los aromas de la mañana,
el desayuno de pan y tomate,
la sensación de caminar por un mundo
cada vez con menos fronteras,
aunque con muchas voces discordantes.

Debaten entre ellos con libertad
sobre aquello de aferrarse a un lugar,
a una bandera sin colores nuevos
y connotaciones que no todos entienden.
Los discursos hierven a cada sorbo de café,
sabedores de que pese a la diversidad
seguirán siendo una familia unida,
aunque pueda no estarlo su país.

Nadie de la familia Aguilar ha leído la Constitución,
pero todos tienen un ideal de justicia y democracia.
Hay tertulias de bar más enriquecedoras
que días de sesiones en el Congreso,
miradas y gestos que dicen más
que eternos discursos políticos.
Hay voces entre los Aguilar que afirman
que hay una nación por cada persona,
por cada gota de sudor derramada,
por cada cuento leído antes de dormir;
el país de sonreír con quien está a tu lado.

Con el estómago lleno pasean con calma,
se acercan hasta el colegio electoral de siempre
donde un tiovivo de gritos y aplausos los recibe.
Ven furgones policiales, algunas banderas,
miradas que se aferran a una estrella
y otras que supuran temor,
pero temblando, se mantienen en pie.

Tras unos minutos de observación,
José Aguilar pregunta forzando su catalán
si tendrán la posibilidad de votar.
Afirman y le regalan un discurso
basándose en que esos españoles
aún mantiene las dictaduras,
que ellos son víctimas de la opresión
y alzarán la voz para ser libres.

De repente surge un nuevo ruido,
retumba un eco recién liberado,
pasos se acercan con firmeza,
gritos secos y aromas de plomo.
Llueven varios golpes de porra
y muchos flashes al mismo tiempo.
José Aguilar siente un abismo en el vientre
tambaleándose entre pelotas de goma.
Aquel mareo le hace confirmar
que con cada golpe de porra muere un ideal,
quitamos importancia a la eterna lucha
de aquellos que sí tuvieron que esquivar balas
y terminaron congelados en el monte.

Con cada bandera que se quema
arde una hoja de ley no escrita,
pero que todos damos por buena.
Por cada insulto se levantan alambradas,
fronteras de odio en los mapas.
Cada urna de plástico requisada
como arma de destrucción masiva
es un paso atrás del hombre,
un jaque a una joven democracia.

Aunque veamos el conflicto desde casa
todos sufrimos el temblor de José Aguilar
amoratado sobre un regazo voluntario
mientras resbalan algunas lágrimas.
Él lleva una papeleta del “no” en el bolsillo,
nosotros guardamos alfileres en el alma.

A él le duele el cuerpo,
a nosotros la esperanza
de ser minoría o mayoría,
de ser abroncada y silenciada,
de ir a contracorriente en un mundo
que pide unión y coherencia,
pero sus pobladores buscan división.

No hay comentarios:

Con la tecnología de Blogger.