La gloria está donde tu mente quiera ponerla

Foto: Eventos Deportivos Antequera.
Si has llegado a este blog buscando poesía, un artículo de marketing de contenidos o algo sobre periodismo, esta vez no hay nada de eso. Hoy escribo una crónica deportiva personal, una experiencia que para mí ha sido importante y si con ella puedo ayudar a alguien, mucho mejor.

Antequera, 8 de abril de 2017, Centro de Atletismo. Tras pasar la noche casi sin dormir por los nervios llego al escenario de la salida. Muchos amigos y muchos desconocidos, 1000 almas dispuestas a iniciar la prueba, el Desafío Sur del Torcal. Una voz suena por la megafonía que por primera vez no es la mía, hace unos meses decidí que quería enfudarme las zapatillas de trail running.




No las tengo todas conmigo en cuanto a volver a aquel lugar cruzando la meta tras 42 kilómetros y más de 1.500 metros de desnivel, pero si por algo en aquel momento estaba vestido de corto con la camiseta de mi club era por sentir la sensación de cruzar esa meta. Me he mentalizado con que terminar no es lo único importante. Se puede disfrutar de muchas maneras y yo quiero dar lo mejor de mí, verme en el paisaje, sentir la montaña, vivir lo que cualquier participante, ser protagonista del deporte, desde dentro, y no un portavoz. Lo había hecho muchas veces nadando, pero aquí no hay agua, no hay que dar brazadas, sí zancadas, estoy fuera de mi zona de confort, el trail no es mi terreno, aunque llevo meses intentando domesticarlo.


Entre amigos tomo la salida, ritmo constante, sin forzar, subimos a Antequera, surcamos la ciudad de la magia, aproximación al arco de los Gigantes, primera pendiente previa a las espectaculares vistas desde Las Almenillas. Santa María, callejón del Aire, San Juan, muchos recuerdos de mi infancia, intento mantenerme en el grupo, salimos a la primera zona de sendero, subida al Cerro caminando, siguiendo la hilera de valientes para coronar con relativa comodidad, aunque sabiendo ya que mis compañeros llevan un ritmo mejor del que yo puedo asumir. Llegan zonas para correr, no me importa perder posiciones, he de ir a los ritmos entrenados y me limito a seguirlo, a disfrutar del entorno, pronto nos insertamos en el bosque, vereda del arroyo de las Adelfas, el camino se requiebra y el corredor se adapta a él. Nuevo avituallamiento, hidratación para iniciar la subida a la boca del Asno. 

Foto Silvia Gil.
Pocos corren, la mayoría camina y me camuflo entre los participantes, ni adelanto ni me adelantan, imito los pasos de quien llevo por delante mientras disfruto del ondear de los trigales en las faldas de la sierra. El viento frena, pero las fuerzas aún están frescas. La subida se alarga más de lo que esperaba, pero coronamos, hay un buen avituallamiento, cargo combustible y hay que empezar a bajar y a correr.

Foto: Jesús M. García López.

En las zonas para correr lo paso mal. Aparece un dolor en el muslo izquierdo, no me deja forzar, así que intento marcar un trote constante que no evita que me adelanten muchos corredores. Una bandera marca el kilómetro 16, queda aún mucho y en ese momento voy tocado, dudo. Sin embargo hay algo que me da fuerzas, veo un cartel que indica 'puente de Garrayo', ese nombre me era muy familiar, mi abuela, hoy con 90 años, me habla mucho de su infancia en aquel paraje que yo nunca había pisado hasta ese día, fue emocionante. Intento mentalizarme de que tengo que ser constante en mi ritmo. Me siguen pasando corredores, algunos conocidos me saludan, compañeros me preguntan, hasta que llega Miguel Ángel García, que me acompañaría durante muchos kilómetros con su habitual alegría.


A duras penas subo a Villanueva, pero poco a poco en aquel terreno empinado me siento más a gusto que corriendo cuesta a abajo. Veo y saludo al alcalde, a pie de carretera como el primer aficionado dando ánimos a los corredores. En el avituallamiento no falta de nada, me centro en los frutos secos y en tomar líquido. Hay que empezar a subir, estaremos un buen rato cuesta arriba, llega la subida a La Muerte, pero se me hace vida porque pese a la elevación voy recuperando sensaciones, se me pasa el dolor y mantengo el ritmo del grupo e incluso adelanto algunos puestos impulsado por estar ya de nuevo junto a la sierra con Villanueva muy abajo y los montes de Málaga como impresionante fondo. Me vuelvo a quedar solo, vamos serpenteando entre rocas, en gran medida bajando, aunque con algunas subidas, hasta que llegamos al carril de Los Navazos. Se hace eterno y empinado, pero pese a ello voy adelantando posiciones, voy siendo consciente de que terminar aquella maratón de montaña es una posibilidad más que real.




Suena música de fondo, el avituallamiento vuelve a acercarse. La gente baila, hay pan, jamón y queso, yo me sirvo fruta y bebida, pero desde allí apenas son ya unos 10 kilómetros y la mayoría de descenso. Las horas han pasado, pero el objetivo se acerca, aviso a mi mujer de que en algo más de una hora espero estar en meta y me pongo a bajar Las Escaleruelas. Lo hago muy motivado, vuelvo a adelantar posiciones, no tengo miedo en las bajadas técnicas y eso me permite avanzar rápido, algunos corredores me dejan paso, a otros los adelanto cuando el sendero me lo permite, llego abajo y aunque me cuesta seguir corriendo, cojo un trote que parece llevadero. Adelanto a un participante que camina, me adelanta una pareja, pero poco a poco voy notando cómo los kilómetros pesan y cada vez las piernas duelen más. Al llegar a Caracho camino, hay que pasar el minúsculo paso de los porqueros, agacharse y avanzar cuesta a esas alturas, pero aún más difícil se hizo una subida hasta Torre Hacho hasta un último avituallamiento que no llegaba nunca. Pero llegó, aunque hubiese que tirar de toda la casta que quedaba. Con el dulce sabor de los pastelitos del avituallamiento en la boca nos cantaron 3 kilómetros, en pronunciado descenso, pero con dificultades para correr. Empezaron a adelantarme muchos de los deportistas que superé en los kilómetros previos, pero era lo de menos, apareció la imagen del Centro de Atletismo, la majestuosa Vega de Antequera, los tejados de las casas de Santa Catalina saludando a un rostro desencajado por el esfuerzo, pero feliz porque llegaba a la meta.


Se me hizo muy larga la llegada al pabellón, caminando a duras penas, pero tomé un último aliento para correr en el anillo de la pista de atletismo. En la bocana de entrada estaban mi mujer y mi madre, solo 200 metros, 200 metros a cámara lenta para terminar superando aquella meta que me supo a gloria. 6 horas y 4 minutos, puesto 455 de 855 finishers. Aquella meta, pero sobre todo lo experimentado en aquellas 6 horas hicieron que el esfuerzo para llegar allí valiese la pena. Salidas a entrenar de madrugada, la superación de un problema de rodilla, sacrificar tiempo de descanso y días libres, encajar la carrera entre el trabajo a duras penas, el intento por hacer la Bandolerita que terminó en un kilómetro 33 de prueba calado de agua y barro,... Todo aquello terminó con mi medalla de finisher en la mano.


Yo siempre era el que se quedaba el último en las carreras del colegio, no podía hacer corriendo completas la prueba de 700 metros ni el Test de Cooper, apenas aguantaba unos minutos trotando. De hecho, siempre fuí capaz de hacer más kilómetros nadando que a pie. Sin embargo, desde el I Desafío Sur del Torcal se me quedaron grabados los rostros de satisfacción y emoción de corredores y marchadores cruzando aquella meta. Tras vivir en las 4 primeras ediciones con el micrófono en la mano como speaker, quería sentir lo mismo que cualquier participante, solo había que planteárselo y eso sí, trabajarlo. Creo que el triunfo y la gloria no tiene nada que ver con puestos ni trofeos, la gloria está donde tu mente quiera ponerla, está mucho más relacionada con la palabra EXPERIENCIA y con el verbo VIVIR.

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