La naturalidad de lo simple

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Cuando tienes tantas cosas que hacer que cada paso es una maraña que impide a tus pies avanzar. 
Juego atacando con desesperación. Intento vestir de azul mi mente nublada, buscar atardeceres en madrugadas que pasan despacio.
Pago la desesperación con aquellos poetas que me obligan a coger el diccionario ante un verso de los que desconozco el significado pese a que juegan a ser populares. Añoro la simpleza, las puñaladas en pocas sílabas y medito. Puede que al vocabulario le falten páginas o que ellos jueguen al escondite de las palabras.
Yo siempre creí en el don del lenguaje, en la posibilidad de ser comprendido por la mayoría con la ayuda de un gesto, quizás la fuerza de las miradas, en viajar sin temer idiomas ni dialectos.

Llegó entonces el tiempo de mirarse al espejo bajo un calor que no impide nuestro roce y entonces llega el fugaz impacto. Eso que acabas de sentir no es fruto de tu mejor recuerdo, ni el paso de un cometa a plena luz del día, ni el viento dejando espacio para el aliento que emana de un suspiro.
Cierra los ojos, toma aire y siente. Sí, es magia, el otoño acaba de llegar a tu vida y estará en ella durante 89 días y 20 horas.

Eso lo entendiste sin ir a la biblioteca, sin tener que dar rodeos a cada palabra.

Ya lo dijo Saramago: "El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir".

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