Tristezas y alegrías de un puente

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Sin hacer más ruido que el de las aguas del río golpeando en sus gruesos pilares de roca desgastada, aceptando el paso del tiempo y las pisadas de la muchedumbre, el puente intenta soportar la falta de responsabilidad, la carga en la conciencia de saber que ya no cumple la función para la que fue construido. Mira con envidia río abajo, los vehículos centellean de izquierda a derecha sobre el otro puente. Éste sí sirve para unir pueblos, acortar distancias, acercar familias y dar bienvenidas, aunque a sabiendas de que no es fotografiado.



Eva se apoyó sobre el puente. Reposa los codos sobre sus piedras centenarias y pone su mirada rumbo al punto en el que el río se pierde entre las montañas. Su pelo recién soltado empieza a ser acariciado por un ligero viento en un día nublado de comienzos de verano. Su peso cae notablemente y los ojos le piden cerrarse empujados por todo un día de camino. Sobre el puente y en sus alrededores hay turistas realizando fotografías, niños pasan a su espalda corriendo, varios pescadores prueban suerte en el cauce, pero de repente todo queda en silencio. Oye entonces un quejido, un principio de llanto, pero mira en todas direcciones y esta vez no ve a nadie. 
- ¿Quién llora? Si no hay nadie ¿eres tú amigo puente?
Nadie contestó.
- Amigo puente ¿qué te pasa? ¿por qué tu quejido si eres centro de atención? ¿Te hago daño con mis botas sucias y desgastadas?
Unos segundos más tarde una voz anciana se oyó como salida de un pozo.
- No, no es por tu peso, acoger el paso de la gente es cumplir la función para la que me construyeron.
Eva se sorprendió, nunca había hablado con un puente, con una construcción, pero aunque extrañada, intentó conversar.
- ¿Por qué lloras entonces?
- Porque ya no sirvo para nada, viene mucha gente que me recorre, pero ya no cumplo función alguna, pues hicieron otro puente hace años por el que pasa la carretera, es ese el puente el que une a los pueblos, por el que llegan las mercancías y que sirve de paso para cualquier comunicación.
Eva abrió su mochila, sacó de ella un libro y lo destapó por una página señalada con un marcador. Alargó su brazo e intentó mostrarla.
Quiero que te fijes bien. Si yo llegué a este lugar fue por esta fotografía y esta descripción, un viejo puente con cientos de años de historia, bien conservado, testigo de batallas, espacio de celebraciones en sus alrededores, que sirvió de paso entre orillas cuando no había otros puentes, al que colgaron el símbolo de la victoria y consiguió fama mundial.
- ¿Y cómo sé yo que ese soy yo? -preguntó el puente.
Presta atención, quiero que mires fijamente a las aguas del río, concéntrate en ellas y serás capaz de verte.
El puente se quedó callado, miró hacia las aguas del río y si en un principio no vio nada, justo en ese instante, el sol salió entre dos nubes inundando de luz todo el valle. El aspecto del río cambió completamente y reflejó fielmente la imagen del puente, idéntica a la fotografía impresa en el libro. Eva entonces notó que temblaba, incluso creyó oír un amago de sonrisa.
- ¿Te estás riendo? -le preguntó al puente.
-  Mi tristeza ha desaparecido de repente, se ha demostrado que tienes razón, que el paso del tiempo me ha hecho cambiar de labor y aunque no valga para unir caminos, ahora sé que la gente no se ha olvidado de mí.
Eva se inclinó un poco más sobre el puente y comenzó a leer lo que se decía de él en aquel libro, mientras en voz alta pasaba de una a otra línea tuvo una sensación extraña, sintió de nuevo aquel silencio absoluto, pero de repente el cielo se volvió a nublar, poco a poco fue notando risas, se añadieron voces, se giró y de repente estaba rodeada otra vez de turistas, los pescadores seguían en el cauce, aunque advirtió que tenía a un niño de unos 4 años mirándola a sus pies.
- ¿Y tú cómo te llamas? -le preguntó.
- Me llamo Pelayo, sigue leyéndome el cuento del puente.



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