Historias de nubes

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I
Las nubes llegan a borbotones, cargadas de atardeceres ocultos, de una lluvia que antes de mojar pone a latir nuestros corazones. Las nubes llegan y traen la marea de unas sábanas que preguntan si despertarás a su refugio mañana.


II
Cuando no es necesario ver para saber de una presencia, cuando un velo de tranquilidad impregna tu alrededor, cuando hay manos de sobra a las que agarrarse aunque no exista un por qué, cuando la luz llega ya filtrada al rostro sin que tu piel corra el riesgo de evadirse en un abrir y cerrar de ojos, cuando no hay mares, sino lagos de lágrimas dulces y cristalinas, cuando las nubes se hacen cielo sin más distinción que una línea en el ocaso, cuando las sombras son más consistentes que las propias figuras, cuando nuestros labios se unen y se hacen puente que une continentes.


III
Un azote a la vista. Anticipar el final cuando no hubo un principio, pensar que no quedará nada ni nadie erguido, la piel que se eriza por los nervios de no conocer tu reacción, mirar que el refugio se derruyó antes de que llegase la tormenta, el gris que ves gris, pero lo piensas negro. El trueno que suena como disco rayado de fondo en el vecindario. Y entonces siento en mi mano tu mano ardiente, llegas sigilosa, preparada con tu paraguas, listo y firme para abrirse en la batalla. Te miro y el negro se tiñe de azul pálido, la melodía vuelve a mis oídos y yo te digo: de tu mano no temo tormentas, ni amenazas, ni bombardeos, ni necesito paraguas, escudos, ni barricadas, a tu lado es mi propia piel la que repele el aguacero.


IV
La luz que nace en el interior de un túnel y crece haciendo pequeña a la nube que se alarga por todo el horizonte. El aplauso de los árboles ante la llegada de una cálida caricia. Rastros de espuma formando letras que las miradas juntarán para hacer el cielo mensaje. Evolucionar, aunque regresen momentos que ya se vivieron, porque el final de la tormenta siempre es bienvenido, aunque los ríos sigan secos, porque siempre habrá lágrimas de alegría para llenarlos, para que el mar sonría a la altura de la desembocadura, haciendo las olas serenidad, haciendo los nudos llanura, reflejando la luz, pureza de un atardecer al que volvió el sol.

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