Fisterra

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Quedarse sin terreno que pisar con un mar azul e infinito por delante que se pierde en el horizonte. Nubes de espuma quieren ver el atardecer en primera fila. Mientras, tú haces equilibrismo para que el sol te deslumbre más que a nadie, en la roca más al borde, en el centímetro más al oeste de todo. Buscas ser golpeada por una brisa que se transforma en viento, que llega rodeado de peregrinos magnetizados por el poder de la tierra. El faro solo es actor del espectáculo, en el mejor lugar, donde la naturaleza transforma en arte un atardecer capaz de detener el tiempo, pero también de hacerlo pasar rápido. El día, aún sabiendo que volverá mañana, se resiste a despedirse haciéndose fuego. Y es justo en ese momento, cuando el sol se pone al otro lado del cabo Finisterre, cuando logro sentir algo levemente parecido a nuestro primer cruce de miradas. Es allí, en Fisterra, donde comprendo que solo fue necesario que desenvainaras una vez tus ojos negros para atravesar mi escudo.



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