El lunes que se hizo gran día


No hizo falta que el despertador entrara en acción. Bajo las sábanas, inmóvil, L abrió los ojos en la penumbra de un finísimo rayo de luz que entraba por la rendija de la ventana. En sus adentros todavía retumbaban los ecos del fin de semana, pero de repente, una palabra invadió los últimos pensamientos que quedaban del paraíso del domingo: Lunes.

La monotonía de cada jornada intersemanal cansaba, pero sabiendo que quedaban cinco días por delante la película empeoraba, cine japonés sin ser ni saber japonés habiendo leído en la carátula 190 minutos de duración. A solas y sin palomitas. Desastre.

Pero durante el desayuno sonó el teléfono y una voz al otro lado le abrió definitivamente los ojos sin haber probado aún el café e hizo posible que el proyecto que esperó almacenado en una carpeta durante meses se desempolvara y se hiciera realidad. Fue entonces cuando los cinco días hasta el sábado dejaron de ser penitencia para convertirse en oportunidad de paseos rápidos catapultados por el optimismo. 

Y fue cuando para L el lunes se hizo un gran día, también el día en que todo puede ser posible.

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