Cerrar los ojos y avanzar


Tenía miedo a la oscuridad. Jamás cruzó un túnel sin luz o sin mano que agarrar pese a que peinaba canas. Sus recuerdos de niño le retrotraían a aquellas expediciones de tardes de barrio en las que él siempre era el vigilante que permanecía en el exterior, un supuesto valiente que alertaría de la llegada de moros a aquella costa. Nunca conoció aquellos murciélagos de la cueva. Muchos años después no tiene un túnel por el que cruzar, se ha visto ya directamente dentro de él, con dos luces frontales que lo llaman a gritos de atrás y adelante. Y fue entonces cuando cerró los ojos con fuerza. Y encontró la claridad, las ideas acumuladas por la experiencia que le decían: "Pasitos cortos y adelante. Por poca luz que tenga, todo túnel tiene al menos una escapatoria".

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