El mito del lacayo que quiso tener princesa



Él era un simple criado, pero la conoció por casualidad. Generó en Él un impacto similar al de un terremoto que no cambió su entorno, pero convulsionó su interior. Desde entonces comenzó a tratarla como la mayor maravilla que existía sobre la Tierra, un fragmento de cerámica que sobrevivió a la explosión de un volcán. Pese a ciertas dudas, Él quiso hacer un castillo de ladrillo cuando sólo tenía arena. Pero lo acabó construyendo. Creyó en cada muro con todas sus fuerzas y de su amor surgieron paredes y tejados. Con cada palabra de ternura le dio forma a las estancias y con un fuerte abrazo excavó puertas de acceso que se abrían con cada beso sincero. Pese a no tener sangre real la eligió a Ella para ser su princesa y habitó aquel castillo hecho sólo para reinar corazones. 

Sin embargo, aquel corazón se le resistió. Ella no quiso entrar pese a que cada noche llegaban hasta la entrada cogidos de la mano. Sus besos, en lugar de servirles para pasar, la hacía desaparecer trasladándola a territorios que Él desconocía. Entonces sólo podía esperar su regreso, ajeno a todo lo que Ella pudiera estar viviendo. Y el retorno se producía para que la historia que Él creía de amor se reescribiera una vez más. Cada semana se veían a las puertas del castillo forjando con caricias momentos únicos. Pero cuando parecía que Ella si entraría, cuando Él incluso pensaba que el beso era todo lo sincero para poder pasar dentro, ella volvía a desaparecer sin saber a qué lugar.

Tras mucho pensarlo, salió a buscarla. No la encontró, pero sí encontró a un viejo hechichero que le enseñó un conjuro de sólo dos palabras para que Ella pudiese habitar el castillo a su lado. Él volvió al lugar donde cada semana se veían, a las puertas del castillo, esperando que volvería. Y lo hizo. Preparó la cita con esmero, trabajó cada mirada y palabra con mimo, aunque con muchos nervios. Cuando llegaron las caricias y los primeros besos, Él sintió que le hervía el corazón. La miró a los ojos y le lanzó el conjuro: "Te quiero". Y se volvieron a besar. Las luces del castillo se encendieron por primera vez. De forma mágica se abrieron todas las puertas y Ella aceptó pasar.

Nunca se supo si Ella alguna vez abandonó el castillo, sólo que su historia siempre se conoció como la del lacayo que quiso tener princesa y con un amor capaz de levantar torres pese a aquellos comienzos en los que Ella frecuentó otros reinos de sapos y culebras. Pero desde entonces, las palabras "te quiero" sirvieron para el mal de amor y se utilizarían para siempre.

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