Pensamientos de un viaje (II)


No es el sitio más encantador para almorzar, ni la mejor compañía, o sí, la soledad. No sé si por la incomprensible conversación de las seis personas de la barra, el partido de fútbol infantil en la televisión o la música latina de la radio que da sonido de fondo... pero no permanezco mucho tiempo allí. Me ha servido al menos para descansar y llenar el estómago. He caminado mucho, me ha sobrado la bufanda y el abrigo, no dejé de dar pasos buscando la mejor panorámica, aunque creo que hasta que no vuelva a casa y descargue las fotografías no sabré si lo he conseguido. Quedan unos días aún para eso.

Pero ahora, después de aquella parada, pretendo con sólo 45 minutos de autobús llegar a un lugar completamente diferente. Creo haberlo conseguido, la primera impresión me deja ante una villa de apariencia castellana, porticada, medieval, empedrada, pero también abierta al mar, donde la montaña verde se convierte a la vuelta de unos metros en acantilado que en ciclos regulares es golpeado ferozmente por el Cantábrico. Aún me queda mucho por pasear.

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