No mires


Cierra los ojos, no mires. Oculta tu cara. Quiero probarme, saber que puedo vivir sin mirarte a los ojos. Cuando despertaste enredada entre sábanas mientras deslizaba mi mirada sobre ti, empecé a ser consciente de mi adicción a ti. Nuestro primer beso hizo que amaneciera en mi noche, tu sonrisa provocó un eclipse de corazones superpuestos que laten al mismo ritmo. Y descubrí que necesito saber de ti en cada instante.

No, aún no, no mires. Cinco segundos no son suficientes, aunque se me hagan semanas. He de resistir. Tras pasar un día contigo me hice adicto a ti. La dosis del primer beso me hizo engancharme a tus miradas furtivas. Me lanzaste una red que me atrapó. Extrajiste mi mente y ahora siempre está a tu lado, aunque mi cuerpo se encuentre lejos. Entre tú y yo hay un camino de baldosas amarillas que siempre me hace llegar a ti y cuyo recorrido no soy capaz de cambiar, no quiero ir a otro sitio.

Que no, no mires. Tus manos también me gustan. Sus caricias me han erizado cada poro de mi piel tantas veces... Cálidas y suaves. Resbalan por mi cuerpo sin una dirección, pero con todo el sentido. Son la medicina para mi dolor, el olvido de mis problemas, mi secreto nocturno. Cuando te pedí que me tendieras la mano y me la ofreciste sin preguntar, entré en otra dimensión, un sueño, el fin del mundo juntos sin nadie más.

Ya sí, mírame. No puedo más. Tus ojos son la energía que necesita mi cuerpo para funcionar. Una mirada y surcaré toda una vida. Mi guía como brújula en un barco sobre el océano de la pasión donde no hay tripulación más que tú y yo.

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