Sin fotos de ti



Todavía quedaba una última foto escondida en un rincón de la casa. Nuria las ha ido encontrando cíclicamente durante los últimos meses en una frecuencia que decrecía cada semana. Ésta debía ser ya la última, lo ha revisado todo. Ha separado cada libro, cada folio, cada carpeta, ha rebuscado en cajones, mirado estanterías, abierto todos los marcos para cambiar la imagen que portaba y formateado el disco duro del ordenador hasta en dos ocasiones -por si acaso-. En esos pedacitos de papel con brillo siempre se mostraba tan descaradamente encantador que se le hace insoportable a la mirada. En aquellos primeros días tras su marcha cada vez que se topaba con una de sus fotos era motivo de lágrimas, pero con el tiempo la escena cada vez se ha ido haciendo menos simpática, pasó a antipatía y más tarde a tedio y odio. Nuria sabe que ese tipo de papel arde bien en la chimenea, incluso que el inodoro precisa tirar dos veces de la cadena para hacerlo desaparecer. No quedan más imágenes, es ya una chica libre.

Nuria se va a la cama con una sonrisa, no lo verá nunca más y lo que parecía hace unos días el final de su vida hoy se ha convertido en una liberación. Mira a la pared donde una foto suya ha sustituido a una de los dos juntos. La recuerda a la perfección. Él con su pelo engominado, camisa blanca, sonriente mientras posaba el brazo sobre el hombro de Nuria. Mientras recuerda aquella imagen, una luz cruza la imagen mental que ha construido. Le cuesta creerlo, pero el reloj que él llevaba en aquella foto aún debe estar en la casa, aún había una caja sin abrir. No puede resistirse a dirigirse hacia ella, sólo desea que no haya más fotos. 

Escondida meticulosamente en un cajón, bajo unos manteles que nunca utiliza, se posaba una caja de madera del tamaño de un libro. Allí está el reloj plateado que sigue funcionando, aunque unos minutos retrasado. No hay fotos, sí un pañuelo. Al mirarlo y acercárselo a la cara desprendió un perfume familiar. Olía a él. Era el mismo aroma y la misma sensación de uno de sus abrazos. Había pasado noches enteras entre sus brazos notando aquel olor que le aportaba seguridad. En ese momento sintió y pensó que debería haber guardado al menos una fotografía suya. O quizás haber grabado alguno de los momentos en que le dijo "te quiero".

3 comentarios:

  1. Ains! Cada día me gusta más lo que escribes!! No lo dejes nunca ;)

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  2. El grandísimo poder evocador de los aromas...

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  3. Muy bueno. Tan solo un "pero", que tal vez no tenga fundamento: se me ha ocurrido pensar que el reloj es un objeto que recoge y conserva poco los olores. No sé...

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