El cazador de paisajes


Buscaba el lugar perfecto. Un espacio con colores y luz que pudiera iluminar desde un lienzo de 80x60 el salón de una casa, un pasillo sin ventanas o un local comercial. Podían ser días los que dedicara a hallarlo. Era aquel siempre su principal problema, localizar el paisaje oportuno, conseguir la mezcla perfecta de luces y sombras, tonos verdes, azules o rosáceos que dieran el realce que su pintura necesitaba. Una vez que el lugar era el ideal, su pincel hacía el resto. Debía terminar en el mismo día o fotografiar aquel mismo encuadre porque a la mañana siguiente todo cambiaba. Por muchas equis que trazara en su emplazamiento, una nube más alta que la de hoy, un día menos transparente o un tractor arando a lo lejos lo cambiaba todo. Su muñeca se movía rápida para hacer que el espacio blanco dejara de ser blanco y convertirlo en una ventana abierta a la realidad. No sabía en manos de quien terminaría, en que pared se vería aquellos próximos años o qué personas transitarían delante parándose o pasando ligeras a su lado, pero él ponía la mayor dedicación y mimo en cada minúscula gota de pintura que depositaba en el lienzo. Y entonces, cuando oponía la realidad a su obra y adquiría sensación de espejo, el trabajo estaba finalizado. La vida son muchos pequeños lienzos desplegados en el horizonte.

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