Economía Sumergida

Comienzo aquí un nuevo blog donde iré subiendo algunos de mis textos literarios. Aunque paso gran parte de mis horas escribiendo, lo hago haciendo información y cada vez le dedico menos tiempo a escribir poemas, relatos y esa novela que de momento sólo es un proyecto. Realmente no me quiero imponer en este blog un ritmo de publicación y actualización, todo irá en función de la espontaneidad que vaya surgiendo en mí para escribir. A la espera de que me surja la inspiración, comienzo el blog con un relato corto con el que conseguí el tercer premio en el Certamen de Relatos de Castiliscar Comarca de las Cinco Villas en Aragón.

Economía Sumergida
Un mes de agosto más había decidido quedarme en Málaga, la ciudad en la que pasaba todos los veranos desde que era un niño y donde últimamente pasaba todo el año. Me gustaba su clima, su gente y, realmente, allí era capaz de vivir sin demasiados aprietos. Por supuesto, en aquel caluroso mes, no iba a quedarme sin hacer una visita a la feria, en unos días de grandes acumulaciones de gente, excesivo gasto económico y mucho alcohol corriendo por las venas de los visitantes.

Después de aparcar lo más cerca posible del recinto ferial, a unos 400 metros de la entrada más cercana, compruebo a través de la luna del coche como ríos de gente, buena parte de familias, pero también numerosos grupos de jóvenes, transitan por la calle en dirección a la gran urbe de luz que durante 10 días se ilumina en el Cortijo de Torres. Mentalmente me hago una idea de cómo puede estar el real en cuanto a ambiente. Se podrían contabilizar decenas, cientos y miles de personas en las atracciones, las casetas, la zona de juventud o haciendo botellón.

Esa noche tengo varias opciones. Salgo como siempre sin un euro en el bolsillo, pero la intención es volver con el botín para vivir durante unos días sin problemas. El plan pasa por meterme entre el gentío, en la caseta más llena o en la zona de las atracciones más populares para robar una cartera, echar la mano a algún bolso o asaltar la caja de algún puesto ambulante, algo fácil siempre que se actúe con mucho disimulo.

Salgo del coche y me encuentro de frente con una pareja de policías municipales, algo que en principio es un mal atisbo. A esas alturas de la noche aún no puedo ser sospechoso, aunque bien es cierto que no es muy habitual encontrarse con personas solas. De forma distraída me acerco a uno de los grupos que veo caminando hacia el ferial y avanzo lentamente junto a ellos. Mientras hablan de fútbol, -Kaká, Diarrá, Ronaldo contra Messi y Xavi- yo mantengo la vista levantada y noto como la pareja policial sigue su marcha, aunque observando a sus laterales, ya que es zona de venta ambulante sin permiso, aunque ante su llegada está todo vacío después de que se haya visto correr a algún vendedor de “top manta”.

Mientras sigo caminando compruebo que mi vestuario pasa inadvertido y es muy parecido al de algunas personas que marchan junto a mí, pantalón vaquero y polo de rayas sin meter por el cinturón. Puedo pasar por una persona de ambiente acomodado, trabajador a jornada completa que vive sin mucha preocupación, como mucho tener que pagar la hipoteca a final de mes. Y lo cierto es que es un poco así, aunque mis ingresos no los declaro y oficialmente estoy en situación de desempleo.

Llegamos al recinto ferial. A la izquierda, numerosos grupos de veinteañeros o incluso menores se agrupan haciendo botellón. El ron y la ginebra principalmente se deslizan entre manos y manos con alguna incursión a una bolsa de hielo colocada en el suelo, en el centro del corrillo que suelen formar seis o siete personas.

Mi mirada se marcha hasta las atracciones. Bajo los arcos de luces veo un gran gentío, una gran masa que apenas permite adivinar espacios entre persona y persona, un buen lugar para actuar, teniendo en cuenta que sobre las once de la noche es hora punta.

Veo carteles en las taquillas de algunas atracciones donde aparecen cifras de 4 y 5 euros como precio de un viaje -¿acaso no es eso un robo?- me pregunto. 

Al principio me costaba mentalizarme de que mi dedicación no era tan mala. Sin embargo, ahora estaba totalmente seguro de que incluso era justo y todo era gracias a pequeños detalles como precios abusivos por servicios muy básicos, impuestos por no hacer nada o despilfarro de aquellos que tienen mucho dinero.

Una imagen se me cruza prácticamente delante de mis ojos. Una madre saca el monedero, lo sostiene en el aire, a la altura del pecho, rebusca en la billetera para sacar 50 euros y dárselos a su hijo de unos catorce años. Es una víctima ideal y muy fácil, pero prefiero que no haya niños delante que se den cuenta de lo que ocurre.

En cambio, por un lateral camina una pareja de mayores. La señora agarra un bolso mientras mira a casi todos lados. A su lado, al marido le sobresale la cartera del bolsillo trasero. ¿Es que no sabe que esa es la primera regla básica para no ser objeto de robo? Pienso rápidamente, es una pareja mayor, pero que aún no parece haber llegado a los 65. El aire de tranquilidad que advierto en sus rostros me hace pensar que puedan estar prejubilados o al menos que cuentan con un trabajo cómodo y con un sueldo que les permite vivir sin apuros. Creo que si les robo la cartera y tienen de 200 a 300 euros no les debe suponer demasiada pérdida como para afectarle sus vidas.

Me acerco, como distraído mirando a una de las grandes atracciones que giran con el cielo de Málaga de fondo. Tropiezo con el hombre, me hago el sorprendido, pido disculpas y justo cuando me dan la espalda, me lo hago para desaparecer rápido entre la multitud, cambiar en seguida de calle e irme hacia la zona de las casetas. Camino rápidamente con una cartera en el bolsillo que no es mía. 

Respiro profundamente, miro alrededor sin parar, sé que he conseguido mi primer objetivo sin que nadie me eche el guante. Pese a que son situaciones que repito una y otra vez no termino de quitarme del todo el nerviosismo. Cometer una acción de ese tipo supone una descarga de adrenalina que te anima a repetirla y la noche no terminaría con aquello.

Por si ha sido un palo en falso y la cartera no tiene nada útil, algo que no comprobaré hasta que vuelva al coche, sé que tengo que hacer un robo más. Sigo caminando inmerso en otro grupo numeroso, realmente hay un gentío importante en esa calle de la zona de las casetas. Me paro en la puerta de una de las que veo más llenas, incluso con bastante lío para entrar. Del interior salen sones de ritmos latinos. Entro. La gente baila, grupos de niñas se contornean, parejas se miran mientras se mueven con gestos lascivos. Buen escenario. 

Me voy al centro del establecimiento. Yo también me muevo, bailo. No veo nada demasiado claro por allí y que pueda hacer sin llamar la atención. Me voy hacia el lateral de la izquierda, algo menos iluminado. En ese instante, una chica saca el móvil de su bolso y lo pone sobre la barra. Es el momento, lo cojo disimuladamente, sigo bailando, lo llevo en la mano, bajo la cintura, me muevo entre la gente y salgo de la caseta sin que aparentemente nadie note nada.

Camino a paso ligero, ando unos 80 metros, me giro levemente. La chica ha salido a la puerta acompañada de dos hombres, creo que de la seguridad del local, aligero aún más el paso, doblo la esquina, sigo a paso ligero, casi corriendo, vuelvo a la zona de las atracciones, me giro cada veinte pasos, no veo nada sospechoso, estoy rodeado por cientos de personas anónimas, creo que ha pasado el peligro, las pulsaciones comienzan a descender.

Unos diez minutos después abro el coche. Tras haberlo deseado durante todo el camino, pero evitándolo para no levantar sospechas, abro primero la cartera del viejo. Hay dos tarjetas de crédito que como mucho sólo me valdrán para el peaje de la autopista. Encuentro varios billetes. 50, 60, 80, 130 y… uno de 100. 230 euros, además de monedas. En total, 242 euros.

Abro el bolso, hay un buen reloj que puede ser fácil de vender en Ebay. También aparece un monedero. Lo abro y observo que no tiene mucho dinero, aunque sí el suficiente para una noche de marcha, 57 euros. En total, durante esa noche he ganado 299 euros y un reloj por el que puedo sacar 70 u 80, con lo que podemos valorar el total en 380 euros. Obviamente, a esta cifra debemos restarle las dietas: cinco euros en gasolina y seis de la cena en una hamburguesería ambulante, es decir, unos 370 euros netos, ya que aquí no hay IVA ni IRPF. No está nada mal, puedo vivir una semana con eso, por lo que hasta dentro de siete días estoy libre, aunque igual repito mañana, ya que la feria me puede dar para todo el mes. 

Pero por supuesto, no olvido el carácter solidario para diferenciarme del resto de ladrones de la calle y sentirme mejor conmigo mismo. De los 370 euros, un 0,7 por ciento lo destinaré para ayuda a alguna ONG, con lo que este mes igual doy más de 20 euros, algo que no hacen algunos gobiernos. Esta es mi ocupación, mi trabajo de economía sumergida, el cual creo que es más justo que el de otros que meten la mano en el cajón que no le corresponde o que reciben un ingreso mensual de numerosos ceros sin hacer prácticamente nada. Yo al menos me siento realizado, satisfecho y reconozco ser solidario ¿tienes un trabajo mejor para mí?

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